Hace frío. La casa en realidad es la helada porque afuera no hace tanto frio; casa vieja, grande, con poca gente dentro de ellas, normalmente terminan siendo heladas mas no frias.
Curiosamente cuando vivá allí nunca me pareció helada, a lo mejor porque no me daba cuenta o a lo mejor porque tú siempre te preocupaste de tenrmela bien calentita, cuando llegaba de estudiar o cuando llegaba de trabajar, incluso cuando llegaba de algún "evento" con mis amigos tan presentes en aquellos años. Nunca faltaba la estufa prendida e incluso el guatero cómplice en medio de las sábanas, para que el "niño", o sea yo, no pasara frío.
Te veo vulnerable, nerviosa, temerosa; y me angustio, porque no sé cómo ayudarte. Si de mi dependiera, no te dejaría sentir dolores y te quitaria ese mareo insoportable. Pero no te puedo ayudar. O al menos no sé cómo hacerlo.
Estoy llenando el guatero con agua caliente para llevartelo junto con una taza de té, preocupado porque tus manos siguen muy heladas desde que llegamos de la urgencia, y pienso en como la vida se transforma en una rueda: tú te ocupaste de mi, desde el primer minuto de mi vida, y ahora yo me ocuparé de tí, hasta el último minuto de tu vida, qué paradoja.
martes, 1 de julio de 2008
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
1 comentario:
Sabes que lo escribes, lo encuentro exquisitamente profundo y transparente, siempre me conmueve gratamente, pero este escrito me sensibiliza y me deja pensando que a veces a la vida no nos da la oportunidad de devolver “esa mano”, de pedir perdón o de perdonar, en resumen de reafirmar y entregar amor a quienes nos aman, encerrados en una egoísta burbuja, sólo nos queremos a si mismos hasta un punto q es tarde y no tenemos ese instante para confirmarles a tus viejitos los amarás infinitamente.
TqMM.
Publicar un comentario